Opinión – La Política en Comalapa (I Parte)

Opinión - La Política en Comalapa (I Parte)

 

La política en Comalapa: El arte de gobernar o el arte de robar

I PARTE

Debido a que el término política tiene implicaciones y uso en la mayoría de grupos organizados, es necesario delimitar en este primer apartado, que me referiré en especial a la política electoral que pretende la ocupación de cargos públicos en una democracia representativa como la nuestra.

Evidentemente, la sentencia del título dará lugar a argumentos y objeciones, ya que no es un halago ni un mérito el ser forzado a una categoría ofensiva donde mucho, poco o nada se tiene que ver; al contrario, tal descripción provoca molestia, descontento o hasta cierto reclamo. Sin embargo, no solo es la perspectiva de un espectador, sino el calificativo colectivo que se puede comprobar al cuestionar a la población, ajena al tema político municipal.

Consciente que la opinión observable, es solo eso y nada más, no por eso abandonaría la realización de esta crítica: Constructiva y razonada para el que lo tome así, o, absurda y ridícula para el que también así lo considere.

La astucia “intelectual” y “billeteral” ha llevado a personalidades ‘prominentes’ y no tan eminentes a estar detrás de la codiciada silla edil y demás despachos, sin que finalmente hayan provocado una aceptación y aprobación de la población comalapense. Naturalmente, nadie, ninguno, sea el más hábil servidor público, logrará acentuarse como el querido del pueblo, haya efectuado o no, una distinguida labor durante su administración, aplicando entonces la frase popular de: “nadie es monedita de oro para caerle bien a todo mundo.”

Pero vamos… ¿A cuántos personajes públicos aspirantes al sillón de gobierno local, conocemos el ser totalmente honestos a partir de su bien estructurado discurso político? ¿Cuántos quienes conforman sus agrupaciones no van con la idea y objetivo de retribuirse a “cómo se pueda” y “cuánto se pueda” lo que en campaña pudieron “invertir”? ¿Cuántos no tienen esa mentalidad de “recuperar” y -con ganancias añadidas-, lo que en un momento decidieron aportar como garantía a un puesto clave? Agreguemos un poco más ¿Cuántos a título de necedad, con poca reputación y solvencia moral y ética, contienden una y otra vez en el desgastado cuadrilátero de las elecciones populares?

Raras, pero muy raras excepciones, los que ascienden al poder, no solo municipal, sino nacional, no pudieran lograrlo sin la ayuda de sus dádivas; estrategia conquistadora colonizadora de la edad media, con las que muchos incautos son arrastrados a la hipnosis prometedora de una mejor vida personal y comunitaria, anticipando los obsequios como una muestra del “progreso” porvenir; tal cual antaño antepasado maravillado por espejitos y juguetitos con pólvora. Conscientes o no, al futuro elector se le margina como un ciudadano de tercera categoría de quien solo importa el voto y nada más, robándoles así la confianza, el respeto y la dignidad que cada uno merece.

Machetes, azadones, bombas de fumigar, bicicletas, láminas, teléfonos, víveres, utensilios de cocina, zapatos, playeras, útiles escolares, dinero en efectivo, ofertas laborales, bonos de fertilizantes, cortos proyectos vecinales, pero sobre todo promesas; forman el arsenal de regalos que persiguen el sufragio del ingenuo, quien es finalmente seducido por la interlocución y bien convenida amabilidad de algún carismático líder.

No sorprende además la bien elaborada táctica dirigida al campesino y ama de casa, a quienes debemos considerar pilares e impulsores del cualquier gobierno de turno. Sin embargo, esto ha dado un giro excepcional. La población que conjetura, analiza, protesta e impulsa, está tomando cada día un auge más amplio. Por consiguiente, las estratagemas demagógicas del político aspirante se han focalizado en la casi falsa esperanza laboral bien posicionada a los prosélitos crédulos.

Digo ‘casi falsa esperanza’, pues únicamente los allegados más próximos, consecuencia de los compadrazgos, clientelismo y de “quien ha soltado más” son quienes consiguen los escritorios renombrados, en caso de que éstos consigan sus bastas aspiraciones. Robando así las esperanzas de los innumerables cándidos, con engaños y promesas ilusorias, simplemente para enriquecer su ímpetu insaciable de poder. Cabe en este punto anotar una sentencia sapiencial que afirma: “Es un error de los gobernantes: el darle a gente incapaz puestos de gran responsabilidad, mientras que a la gente capaz se le dan los puestos más bajos. Sirvientes cabalgando como príncipes, y príncipes andando a pie como sirvientes” (1)

Resulta también, que la gran mayoría de los que conforman nuestras flamantes agrupaciones políticas, militan en estos colectivos no por la motivación, pasión, altruismo o la “pesada carga” de solidaridad hacia el prójimo, sino por el propio interés de conseguir un trabajo como cualquier otro; a sabiendas, que ser partícipe y defensor de algún color específico resultará en un mayor beneficio durante un corto lapso de cuatro años. Es así como la equivocada causa se ve reflejada no solo en aquellos casi incógnitos participantes, sino hasta en el personaje cúspide de la jerarquía.

Al entablar pláticas fugaces con algún militante de cualquier organización política, suelo preguntar: ¿Y usted por qué se involucra? La típica respuesta del participante promedio es: – ¡Para haber que sale!, ó – ¡De repente cae algo! Bien acertada entonces fue la afirmación del novelista español Miguel Delibes al enunciar que: Para el que no tiene nada, la política es una tentación comprensible, porque es una manera de vivir con bastante facilidad.” No he encontrado hasta ahora, a ninguno que afirme, aún que sea en términos hipócritas, que está participando para hacer algo por el pueblo. Claro, quien haga esta aseveración, tendrá a lo mejor algunas que otras buenas intenciones. Pero seamos honestos ¿No están involucrados también aquellos de grandes intereses que hoy nos dicen: “Hoy te pongo mis miles, pero mañana quiero mis diez miles”?

Es así como la política burda local, se ha vuelto un negocio altamente rentable tanto para aquel mísero que busca una superación inmediata, como para aquel que tiene la capacidad y astucia de controlar agrupaciones mediante sus riquezas, posicionando a personas y empresas afines a sus ventajas, despojándonos hábilmente los recursos que pudieran ser destinados para necesidades reales y precisas, pintándonos obras mediocres con exorbitantes inversiones.

Desde luego, todo este teatro, no es nada más que la imitación barata de los gobernantes nacionales, que más que perseguir el progreso de un pueblo catalogado tercermundista, buscan la realización de sus bastas ambiciones a costa del sufrimiento de sus ciudadanos.

Continuará… II Parte

¡Piensa… Te va a gustar!

(1)   Eclesiastés 10:5-7

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